Decisiones por correo certificado

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por Àgatha Estera

Yo quería tener una familia numerosa. Soñaba con 4 hijos, una casa y un perro. Pero la llegada de mellizos, la crisis económica y una amenaza de divorcio («las otras 2 criaturas las tendrás con otra mujer», me decía sonriente mi mujer), han dejado el sueño a la mitad: dos niños y una perra.

Antes de claudicar, un día que por casualidad pasaba cerca de nuestro centro de reproducción asistida, pedí que reservaran las muestras que quedaban de nuestro donante de semen, para que «la parentela» planeada compartiese parte del mismo ADN. Pasó más de un año, hasta que un día llegó una carta certificada.

Mi mujer abrió al cartero, los oí hablar y, cuando se cierra la puerta, mi mujer me dice: «Àgatha ¿qué has hecho?». Repaso rápidamente todo lo que he hecho y todavía no le he dicho, y todo aquello que aún no he hecho y no le explicaré, y no tengo ni idea de que es lo que puedo haber hecho.

Ha llegado una carta del centro de reproducción asistida que nos pregunta si queremos continuar manteniendo la reserva de semen. Miro a mi mujer con una ínfima esperanza de que sí, que lo continuamos reservando. Pero ella ha vuelto al ordenador, y me responde como una autómata que no quiere más hijos. Y definitivamente entiendo que no, que nunca le llegará el irrefrenable deseo de quedarse embarazada. Así que pongo la carta entre todos aquellos papeles para ordenar, aquellos papeles que miraré el año que viene cuando busque la documentación para hacer la declaración de la renta. Recorto definitivamente el sueño familiar.

Lo más curioso de todo es que la carta certificada iba dirigida únicamente a su nombre, ¿cómo sabían que la decisión era suya?

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